DR. ENRIQUE MENDEZ PINETE
Originario y orgullosamente nacido en Pueblo Viejo, Ver., traído al mundo por las maravillosas manos de una partera empírica doña “Serafina” encargada obstétrica que atendía en su domicilio en el lugar conocido como “La Fuente”.
Hijo de don Vicente Pérez Aguiñaga, militar oriundo de Guanajuato, quien inculcó a sus hijos dos grandes valores: Trabajo y Honradez. Su madre, Lorenza Pinete Gutiérrez, abnegada y estoica dama originaria de Cd. Victoria, Tamaulipas. Sus hermanos Jorge, Vicente, Juan Antonio, Juan, María de los Ángeles, Reyna Agustína, Maria Isabel, Gilberto y Eulalia.El inicio de estudios los llevó a cabo en el kinder “Federico Froebel”, con las inolvidables maestras: Rosa Mirus e Hilda Llado. La instrucción primaria la curso en la grandiosa escuela “Expropiación Petrolera”, quien desde los primeros años empezó a destacar en el área académica, gracias a destacados maestros que impartían las clases, ya que prácticamente se entregaban en cuerpo y alma a la enseñanza y uno de los profesores que más le sirvió como ejemplo a seguir lo fue el maestro Froylan, que a tantas generaciones encauzo por su don de gentes y por su esmero. En los años de primaria el niño Enrique Méndez Pinete empezó a fortalecer su carácter, con una tenacidad enorme empezó a darle forma en su mente el querer cambiar su entorno socioeconómico y proyectando a futuro una carrera que le iba a cambiar su vida personal, la de su familia y de la gente a su alrededor. La preparación secundaria la realizó en la escuela “Matías S. Canales”, y la preparatoria en Cd. Madero, Tamaulipas. Su carrera de médico cirujano y partero la terminó en la Universidad Autónoma de Tamaulipas. (Es de mencionar en este momento que en Pueblo Viejo eran pocos los estudiantes a nivel profesional en general y al Dr. Pinete le correspondió ser el tercer médico originario de la localidad; ya que antes se habían recibido de galenos el Dr. Ramón Cantú y el Dr. Sergio de León Lerma. Le correspondió en suerte al Dr. Pinete ser el primer médico especialista nacido en Pueblo Viejo, ya que cursó la especialidad de Anestesiología en el I.M.S.S. de la Cd. de Monterrey, N.L. Avalado por la Universidad Autónoma de Nuevo León y posteriormente hizo la maestría y especialidad en Salud Pública en el Instituto de Ciencias y Estudios Profesionales A.C. de Tampico, Tamaulipas).
viernes, 21 de agosto de 2009
miércoles, 19 de agosto de 2009
El Aguila que Cae ( 13 )
El librero se apolillo, los libros se echaron a perder.
Caminos y caminos secretos las polillas hicieron, tal vez intentaban aprender a leer.
Las sillas se oxidaron, a pesar de estar tapadas, con trapos viejos.
Las telas de las sabanas nuevas, y colchas, agarraron un color amarillento, en las orillas, más el olor a la alcanforina, que mi abuelita, les colocó.
Eran como unas caniquitas, de color ceroso, claritas, y después de un tiempo, que dizque son para ahuyentar a la polilla, ¿y si se las comen las polillas? Porque luego, se evaporan, y nada de alcanforina encuentras ya.
Y mi tío se enojó.
-¿Por qué no usan lo que compro?
A ver, con lo que me sacrifico.
No hijo, tu eres muy delicado.
Que si se manchan, que si se oxidan, que porque se rayo ese peltre.
Así, ni quien te agarre tus cosas.
Ahí están, son tuyas.
Considéralas en bodega.
Ahora, que si no te gusta eso, pues llévatelas a tu casa.
Ya tienes casa, me lo has dicho al llegar aquí.
Llévate lo de valor.
Y lo que ya no quieras, tíralo.
Prefiero eso, a estar discutiendo.
Y mi tío, me miraba a mí, con aquellos ojos felinos, culpándome de la situación, sin pronunciar palabra.
Su carita pequeña, mejillas hundidas, chupadas, la piel de todo su cuerpo, marcado por manchas de acne, que a pesar de ser tan moreno, se le notaba.
Cuando estaba pequeña, me ponía a sacarle los barros y espinillas, de su cara y pecho.
También me enseño, a quitarle, los vellos de su barba, con unas pinzas.
Que porque así, duraba más sin barba.
Que eso era mejor, que rasurarse.
Mi abuelita, cuando nos vio en esas prácticas de embellecimiento, nos regaño a los 2.
A mí, por muy obediente.
A mi tío, por ocuparme, en sus labores de depilación.
Quien entiende a los mayores.
Todos mandan lo que quieren.
Todos pueden mandar.
Mi tío era muy atildado en su modo de vestir, en su presentación personal.
Dejaba un rastro de perfume, por donde quiera que pasaba.
Y para vestir de lo mejor.
Al salir del baño diario, o si iba a salir algún lado de importancia, hasta 2 veces por día se bañaba, se secaba bien los pies, y se ponía talco, que hasta parecían empanizados.
Igualmente empanizaba su torso y espalda.
Crema abundante en las manos, y en su rostro.
Perfume en su cuerpo, y ropa.
Alhajas, no se diga.
Y de común, las tenía en un líquido limpiador, para que brillara más el oro.
Los zapatos, bien boleados, sin mancha de polvo; el peine, yo tenia que tenérselo muy limpio, del diario debía lavárselo con cepillo y jabón.
Y todos esos gastos, hacía, pues para que tenia 2 plazas, y ningún compromiso con nadie.
Si a su madre, nunca un cinco le dió.
Ni un centavito, nomás para no dejar, siquiera para un refresco.
Le decía, jefa, para que le doy, sé que usted, gana lo suyo.
Para ponerse su ropa, se subía a la cama, para que no se le revolcara ni arrugara.
Y la raya del pantalón, le tenía que quedar, exactamente, apuntando a su dedo gordo, de cada pie.
Si no daba a ese lugar, la señal de la raya del pantalón, se lo quitaba, lo hacia bola con coraje, y lo aventaba al piso.
Pues así era, y así se vestía el tío Urbano.
Impecable.
Caminos y caminos secretos las polillas hicieron, tal vez intentaban aprender a leer.
Las sillas se oxidaron, a pesar de estar tapadas, con trapos viejos.
Las telas de las sabanas nuevas, y colchas, agarraron un color amarillento, en las orillas, más el olor a la alcanforina, que mi abuelita, les colocó.
Eran como unas caniquitas, de color ceroso, claritas, y después de un tiempo, que dizque son para ahuyentar a la polilla, ¿y si se las comen las polillas? Porque luego, se evaporan, y nada de alcanforina encuentras ya.
Y mi tío se enojó.
-¿Por qué no usan lo que compro?
A ver, con lo que me sacrifico.
No hijo, tu eres muy delicado.
Que si se manchan, que si se oxidan, que porque se rayo ese peltre.
Así, ni quien te agarre tus cosas.
Ahí están, son tuyas.
Considéralas en bodega.
Ahora, que si no te gusta eso, pues llévatelas a tu casa.
Ya tienes casa, me lo has dicho al llegar aquí.
Llévate lo de valor.
Y lo que ya no quieras, tíralo.
Prefiero eso, a estar discutiendo.
Y mi tío, me miraba a mí, con aquellos ojos felinos, culpándome de la situación, sin pronunciar palabra.
Su carita pequeña, mejillas hundidas, chupadas, la piel de todo su cuerpo, marcado por manchas de acne, que a pesar de ser tan moreno, se le notaba.
Cuando estaba pequeña, me ponía a sacarle los barros y espinillas, de su cara y pecho.
También me enseño, a quitarle, los vellos de su barba, con unas pinzas.
Que porque así, duraba más sin barba.
Que eso era mejor, que rasurarse.
Mi abuelita, cuando nos vio en esas prácticas de embellecimiento, nos regaño a los 2.
A mí, por muy obediente.
A mi tío, por ocuparme, en sus labores de depilación.
Quien entiende a los mayores.
Todos mandan lo que quieren.
Todos pueden mandar.
Mi tío era muy atildado en su modo de vestir, en su presentación personal.
Dejaba un rastro de perfume, por donde quiera que pasaba.
Y para vestir de lo mejor.
Al salir del baño diario, o si iba a salir algún lado de importancia, hasta 2 veces por día se bañaba, se secaba bien los pies, y se ponía talco, que hasta parecían empanizados.
Igualmente empanizaba su torso y espalda.
Crema abundante en las manos, y en su rostro.
Perfume en su cuerpo, y ropa.
Alhajas, no se diga.
Y de común, las tenía en un líquido limpiador, para que brillara más el oro.
Los zapatos, bien boleados, sin mancha de polvo; el peine, yo tenia que tenérselo muy limpio, del diario debía lavárselo con cepillo y jabón.
Y todos esos gastos, hacía, pues para que tenia 2 plazas, y ningún compromiso con nadie.
Si a su madre, nunca un cinco le dió.
Ni un centavito, nomás para no dejar, siquiera para un refresco.
Le decía, jefa, para que le doy, sé que usted, gana lo suyo.
Para ponerse su ropa, se subía a la cama, para que no se le revolcara ni arrugara.
Y la raya del pantalón, le tenía que quedar, exactamente, apuntando a su dedo gordo, de cada pie.
Si no daba a ese lugar, la señal de la raya del pantalón, se lo quitaba, lo hacia bola con coraje, y lo aventaba al piso.
Pues así era, y así se vestía el tío Urbano.
Impecable.
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