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lunes, 9 de noviembre de 2009

Profesora Rosa Eva Velázquez de la Garza ( 3 ra. parte )







Cuando estaba la maestra Victoria Herrera,de directora de la escuela primaria, vino de visita a la escuela, Tin Tan, con su compañero Marcelo, ya que éste, era sobrino de la maestra Victoria.
Fue una visita sorpresa, y los habitantes del pueblo, tal vez, pocos, sino poquísimos, se dieron cuenta.
Mientras Marcelo, platicaba con su tía, Tin Tan, disfrutaba del ambiente de la escuela, del pueblo, de nuestro Pueblo Viejo, que esa vez, si que lo encontraron dormido.
Como quien dice, era pleno dia, pero para los habitantes del pueblo, paso de noche Tin Tan, por ese lugar.


Le pregunte a la maestra, Rosa Eva( en la foto, está del lado derecho,con vestido oscuro) , si ella sabía algo, del señor que llamaban “ el mataperros”, y me comentó, que existía una persona, que se sentaba en la plaza del pueblo, a leer el periódico, y la chiquillería del pueblo, gustaba hacerlo enojar gritándole :
¡“mataperros”! ¡Hey!! ¡“mataperros”!
El aseguraba, yo no soy ningún mataperros; ¡solo porque maté un perrito!, por eso, ya me pusieron ese apodo.
Solo vengo tranquilamente a leer el periódico, bajo la sombra de estos árboles, y estos chamacos que no me dejan en paz.
Pero los niños del pueblo, agarraban cuerda, sobre todo porque se daban cuenta, que el periódico, lo sostenía el señor, con las paginas y las letras al revés, ¡no sabia leer!

Existió otro personaje folclórico en el pueblo, era un borrachito consuetudinario, eran tiempos del presidente Ruiz Cortinez, uno de los presidentes, que mas trabajó por México; este señor, arribaba a la placita, todo sucio, zombi de francachelas, sin peinar, zapatos sin amarrar agujetas, desfajado, y al darse cuenta, que los pobladores lo miraban con desaprobación, se dejaba caer, cuan largo era, en cualquier “poyo” o banca de cemento de la placita. Ahí se acomodaba, como si estuviera en su cama, cruzados los brazos, y de vez en cuando, hasta roncaba.
Si alguien al pasar cerca de el, murmuraba: ¡que vergüenza!
El borrachito, volviendo trabajosamente su cabeza, tratando de enfocar al que había dicho eso, gritaba…
¡Para vergüenzas, con Ruiz Cortinez!
Ya se imaginaran, sino era del diario, decirle, a ese borrachito… ¡que vergüenza!

Mi abuelita Luz, me llevó a presentar con la maestra Rosa Eva, cuando yo llegue al pueblo.
La maestra tenía mucho material didáctico, unas figuras de madera, pulidas y barnizadas, con formas de cubos, pirámides, esferas.
Esas figuras tenían un alto de unos 25 centímetros.
También contaba con cuadernos para colorear; una enciclopedia, guardada cuidadosamente en una caja de cartón, cada tomo, con forro de plástico grueso, su contenido era muy amplio, de varias materias, constaba con muchos dibujos, la mayoría a blanco y negro, uno que otro a color.
Pues esa enciclopedia, le pidió a mi abuelita, que se la guardara.
Se depositó en lo alto de un ropero, lejos de mi alcance.
¿Ustedes creen eso?
¿Qué estaba lejos de mis manos?
Cuando mi abuelita se iba a su quehacer, yo ponía cosas y cosas, sobre una cama, que estaba cerca de ese ropero.
Se valían almohadas, que luego me catapultaban de lado; colchas, banquitos chaparritos, todo servia para hacer aquellas como torres, que me acercaban a mi objetivo…los libros.
Bajaba con un respeto que rayaba en lo religioso, esa caja con su enciclopedia.
Escogía de volada un tomo, regresaba la caja a su sitio.
Quitaba la torre de cosas, me ponía a leer; tenía cerca algo, donde esconder ese tomo, por si mi abuelita, se apareciera de repente, y leía, leía, y leía.
Cuando calculaba, que ya mero vendría mi abuelita, hacer la torre de cosas de nuevo, guardar ese tomo, en su caja, quitar la torre.
Y si se tardaba mi abuelita en volver, me quedaba la sensación, de que habría podido leer más.
Pasó el tiempo, los tomos de esa enciclopedia, con tanto mete y saca, sube y baja, esconderlos de rapidito, cuando mi abuelita se daba alguna vuelta; pues esos tomos se maltrataron, sus tapas de plástico, se rompieron un poco.
Cuando la maestra fue a recogerlos, después de un tiempo, me entró el susto y la tristeza.
Tristeza, porque me gustaba leer y releer, esa enciclopedia.
Susto, porque no sabia como reaccionaria la maestra con el deterioro.
Preocupación, porque sabia, que mi abuelita, si le daban alguna queja, se decepcionaría de mi, por no saber respetar lo ajeno.
Pasó el tiempo, cada que la maestra, iba a nuestra casa, por cualquier asunto, yo me escondía.
Cuando, ya de grande, le comenté ese detalle, la maestra me respondió…Luchita, yo no los vi maltratados.
Me los hubieras pedido prestados, yo hubiera hablado con tu abuelita, para que te dejara leerlos tranquila.
Lo que pasa, es que de niña, yo era demasiado tímida, en algunas cosas.

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