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martes, 5 de mayo de 2009

Inicio del libro "Pueblo Viejo"








Dedico este libro a la memoria

de mi abuelita Luz Orozco León de Mayorga.

Porque cuando mi Padre Dios, me depositó en su corazón,

Me dió ella todo lo que yo necesitaba:

El amor de una madre.



A mi esposo, el profesor Roberto Hernández Cervantes, porque me ama
tanto, que durante meses, me acompaño en mi búsqueda
de testimonios en Pueblo Viejo, me escuchó leer una y otra vez los borradores de este libro, me corrigió en mis fallas de percepción, sufragó totalmente los gastos para la elaboración de este libro, y su apoyo absoluto, hizo realidad un deseo, largamente acariciado.
Gracias, amor mío.

A nuestro hijo, Roberto Hernández Mayorga, joven serio y responsable,
quien colaboró, día a dia, en el desarrollo de este libro.
Nuestro amor hacia ti, siempre estará presente.
Eres nuestro orgullo.



Le doy Gracias a Dios,
por el Don de la Vida, por apreciar a cada instante de nuestra existencia su presencia.


Le doy Gracias a Dios,
Por dejarme ver impresos en estas paginas,
hechos, situaciones, cosas que pasaron hace tanto tiempo, que en ocasiones, siento, que sólo las soñé.



Le doy Gracias a Dios,
por mi familia, y le pido en el Nombre de su Hijo Jesucristo, nos siga Bendiciendo, que sentimos y vemos en nuestras vidas, como nos Cubre y nos Rodea su Protección






PUEBLO VIEJO

Un día me pidió mi hermana Mely que le describiera como era el pueblito en nuestra niñez, y de ser posible, mucho mas atrás, cuando no era viejo, y las comunidades cercanas, también empezaban a dar sus primeros pasos.
Mi siempre dulce y tierna hermana Mely.
Narrare, para ti, y para quien lo desee saber, que su comienzo fue sencillo, como pueblo.
El pueblo.
Unas personas de edad avanzada, sin fundamentos históricos, solo como narración oral, me refieren que sus primeros pobladores llegaron, unos de tierras de lo que hoy conocemos como Tampico, Tamaulipas, (que es el quinto Tampico fundado); para librar las constantes inundaciones de sus márgenes.
Otros de los alrededores de lo que hoy es el pueblo, y que eran habitantes del primer Tampico.
Pero continuo narrando, como les fue, a los primeros pobladores del pueblo, pues se llevaron la sorpresa, de que también aquí sus márgenes se inundaban, y de igual manera, que en otros lugares costeros del país, recibían la visita de piratas. Cuando eso ocurría, algunos pobladores se escondían, en un túnel, que existía, por rumbo al cementerio del pueblo.
Entonces una porción, decidió emigrar a lo que hoy es Tampico Alto. Por eso le pusieron así, en recuerdo al Tampico que habían abandonado.
Y a nuestro pueblo, que le recetan el “viejo”.
Los pobladores actuales, tienen entonces, en conclusión mía, muy particular, y puede ser objeto de discrepancia, raíces huastecas, y a la vez, de europeos, ya fueran estos los conquistadores, o los que posteriormente, llegaron a comerciar, y porque negarlo, también algunos piratas, que se enamoraron de este rincón de Veracruz, porque cuenta con laguna, rio, playa y se quedaron, para siempre, a formar parte de todos nuestros antepasados, que trabajaron, arduamente, para no dejar morir a un pueblo, que fue de los alrededores, el primero en existir, aun antes que Tampico Alto, el puerto de Tampico, ciudad Madero y que Altamira.
Así, nuestro pueblo, convertido en Pueblo Viejo, siguió su paso por la historia.
Luego, se convirtió en Villa Cuauhtemoc, para terminar en Ciudad Cuauhtemoc.
Para reforzar ese nombre, colocaron una estatua, por la entrada al pueblo, cuadras antes a la pasadita. La estatua representa a Cuauhtemoc.
Y seguimos llamando Pueblo Viejo, a este pueblito. Por los siglos de los siglos, pinta que se llamara así.
Y no es de modo despreciativo, es como que le agarramos cariño a este nombre.
Lo sentimos con sabor a nuestro, a nuestro pueblo, a nuestro querido Pueblo Viejo.
Si no observen, en el directorio telefónico, como abajito del nombre de ciudad Cuauhtemoc, entre paréntesis, se lee Pueblo Viejo.
Y es que más de alguno, buscara los números telefónicos de Pueblo Viejo, no los de ciudad Cuauhtemoc.
Y este es nuestro pueblo, luchando cada dia por seguir existiendo, a pesar de todo, de carencias, de olvidos, de lejanías, de abandonos.
Este pueblito no se ha podido integrar cabalmente al desarrollo de la zona conurbada. Tendrá cada día mejores calles, y mas servicios, pero un pleno incorporarse a las ciudades de Tampico, Madero y Altamira, no puede hacerlo. El Rio Panuco se lo impide.
A pesar del puente Tampico, y de sus lanchas mas modernas. Pero vamos por partes, dijo el carnicero.
En el Paso del Humo, las lanchas eran de madera, no como ahora que son de fibra de vidrio. No estaban techados los botes, solo las lanchas, que eran más grandes.
Pero en uno u otro, podrías fácil, recibir un golpe de ola. Era emocionante cuando un barco de gran calado llegaba al puerto.
Levantaba grandes olas, que los botecitos, tenían que sortear. No, manita.
No sabes lo que se sentía al brincar el bote esas olas tan grandes, que se formaban al paso de esos barcos, con banderas de uno u otro país. Se te iba el corazón a la boca.
No hay un vehiculo, que en una carretera, por mas puentes que suba y baje, y la velocidad que lleve, que te haga sentir, lo que el cuerpo disfruta, al subir la cresta de las olas, y al bajar por ellas. Por más que el lanchero trate de agarrarla por un costado, igual que los carros pasan por los topes, que se quedan cortos al tamaño de las olas, que los botes tenían que sobrepasar.
Y no hay temor al pasar el río. En 40 años, solo de tres accidentes he tenido conocimiento.
En uno, un joven de unos 25 años, güero, de cabello ensortijado, como los ángeles que dibujan en las iglesias; casado, y padre de una bebita.
Un día, al paso de un barco, se volcó el bote donde el iba. Ya se habían subido la mayoría de los que habían naufragado, cuando de las aguas del río, emerge un niño, manoteando y pidiendo ayuda.
El joven, haciendo honor al apellido de su padre, toda un alma de Dios, se apresto a ayudar a aquel pequeño, y sin temor se aventó al agua. No logro salvarlo, a pesar de su valor.
Perdieron su vida, los dos la perdieron. En ese bote, una joven quedo tan impactada de los acontecimientos sucedidos frente a sus ojos, que se paro en medio del bote, y gritaba, y gritaba, y el lanchero, le decía, contrólese, señorita, debemos llegar con bien a la otra orilla, siéntese por favor. Y todos los que iban en ese transporte fluvial, calmaron como pudieron a la señorita, y al tocar tierra firme, entonces si, no la podían callar.
Gritaba y gritaba, como si con sus lamentos, los pudiera resucitar.
Si somos del mismo pueblo, por lo regular los que cruzamos en esas lanchas, como no nos va a poder, era como si a unos seres muy queridos, los que la fatalidad, acabara de arrebatar
Hoy, el padre, la madre, y ese hijo joven, que dio la vida por un semejante, han de gozar del privilegio de estar, donde ya todo es felicidad eterna.
Una gran familia, no por numerosa; sino por su Don de gentes.
Otro accidente, del que tengo memoria, fue el de un jovencito, que esperaba cruzar el río por medio del chalán, a bordo de su lujoso carro; en aquellos tiempos, con clima y que llevaba las ventanillas cerradas. Se durmió al volante, y su carro empezó a rodar lentamente hacia la orilla.
El era el primero de una larga fila de vehículos, que de Tamaulipas, cruzarían al lado veracruzano. De nada valió que le gritaran, le golpearan la carrocería para advertirle.
También traía prendido el radio de su carro; cuando lograron que medio se despabilara, fue peor. Piso el acelerador y paso sobre la frágil cadena, que marcaba el límite de distancia precautoria que debían guardar los vehículos, de la orilla. Fue como si un gran ataúd, cayera al rio.
Poco después de la inauguración de la tienda Bodegón Del Centro, dos empleadas de esa tienda, que muy amigas eran, jovencitas las dos, y en una ocasión que cruzaban el río Panuco, al paso de un transporte fluvial, se levantaron unas olas grandes, y una de ellas, se ahogo. En 40 años, solo he sabido de estos tres accidentes al cruzar de un lado a otro, por el rio Panuco.
DEL OTRO LADO


Bueno, volvemos con mi explicación de la ruta al pueblo.
De la Isleta Pérez, en lado tamaulipeco, pasaste al lado veracruzano, ahora ya puedes presumir: pase al otro lado, y sin necesidad de pasaporte.
Hace años, no estaba tan bonito como ahora, el Paso del Humo; no había tantos puestos de mariscos, tan frescos y económicos.
Ni existían esas banquetas anchas, y cómodas de transitar.
Unos cuantos puestesitos había, y lo que más había era tierra y tierra.
Polvo y polvo.
Y si llovía, pues lodo y mas lodo.
Pocos carros del sitio de transporte.
Cuando llegaba un carro, caíamos como enjambre de abejas a el.
¡Que desesperante!
Ahora, hay mas transporte, aun no cuentan con microbús.
Pero son abundantes los vehículos, tanto para ir al pueblo, como los que van a Tampico Alto, y a otros lugares veracruzanos.
Como debe ser.
“Así, si baila mi hija con el señor”.
Te subes al carro, y en el recorrido al pueblo, vez muchas colonias de nueva formación; digo nueva, de unos 30 o 40 años.
Porque si hacemos memoria, esos eran puros matorrales, con una sola construcción, que se divisaba antes de llegar al monumento, era la casa de don Vicente Pachuca.
Hasta que el carro llegaba, a donde esta ahora el monumento a Cuauhtemoc, era ahí, donde ya se veía “civilización”.
Si hubieras entrado al pueblo, de noche, ese trayecto del Humo al monumento, hubiera sido de oscuridad total.
Ya de ahí, al centro del pueblo, era pan comido.
A la vueltecita del monumento, entrando por la curvita al pueblo, existía una tiendita, famosa, llamada La Pasadita, cuya dueña era doña Margarita, ella aun vive, en la misma propiedad.
De ese punto, encontrabas casas, y más casas.
Llegas a las placita.
Esa placita, en un tiempo, solo tenía el kiosco y sus “poyos”, que son esas grandes bancas de cemento, donde tu y yo jugábamos a escalar montañas, nos subíamos por un lado de la banca, y nos deslizábamos por la curvatura del respaldo hacia el otro lado.
Y así, nos pasábamos de un lado a otro, por ser los dos lados de las bancas iguales, no tienen revés y un derecho, para sentarse.
Posteriormente, se colocaron las bancas de fierro, con tablitas.
Existían unos árboles enormes, como pinos, y en invierno, recogíamos sus “piñitas”, las pegábamos en coronas navideñas, y pintábamos estas de dorado o plateado.
También existían árboles framboyanes, y los orejones, que contaban estos con flores aromáticas, infinidad de flores cremitas, frescas, eran tantas, que tapizaban el suelo de la plaza en varias porciones, y al marchitarse las flores, te podías resbalar, con esa alfombra, sobre todo si eras criatura, y jugaras, por toda la plaza, correteando a compañeritas de juego.
Al kiosco, actualmente se le han hecho mejoras.
En la primer esquina de la plaza, que uno ve al entrar al centro del pueblo, esta la refresquería “ Bacha Jr”, hace mucho tiempo, era un negocio de taquitos, de varios tipos, como los “pachucos” ; era atendido por su dueña, la señora Maria Jasso, ayudada por sus hijos e hijas. Y en contra esquina a esta, veras un edificio, con forma de pirámide, fue un super, en tiempos de la Quina, varios jóvenes del pueblo, contaban con un buen trabajo; al voltear esa esquina, a mano derecha, camina una cuadra corta, como si retrocedieras el camino de entrada al pueblo.
Cruzando la calle, encontraras una farmacia.
Y dirigiendo tus pasos, hacia la laguna, a media cuadra de esa farmacia, existía una casa enorme, donde se compraba leche bronca.
El dueño de esa casa, tenia un rancho muy grande, por un lugar llamado “La Retama”, para ir a ese lugar, tenían que irse en lancha por el rio.
La leche bronca, que comprábamos en el pueblo, la hervíamos, y le salía una natota gruesa, que luego nuestra abuelita, nos preparaba ennatadas, ¿te acuerdas?
Al llegar a esa esquina, encontraras una calle pavimentada, si continuas hacia la laguna, hay una cancha.

La única casa, que para mi, la considero como la de mas antigüedad del pueblo, es la que esta frente a la plaza ,una casa que tiene mas de 100 años de haberse construido, la de doña Soledad Rodríguez Mellado, conocida cariñosamente por todos los pueblovejences, como doña Cholita. En esa misma acera esta la cantina “La Central”, de Don Pantaleón Viscarra.


En la orilla de la laguna del pueblo, se encontraban los restaurantes de mariscos, “El Villa Azul”, “El Pesquerito”, y “El Pescador”, de este último su dueño se llamaba Don Ramón Castillo.
En el “Villa Azul”, además del área de mesas y sillas, tenia una cocina enorme, con una gran ventana hacia la laguna, de donde se pescaba al momento lo que iban a consumir los clientes. Existía otro gran ventanal en esa cocina, hacia el interior del negocio, donde los clientes, asomábamos nuestras narices, para captar mejor los ricos aromas de lo que se estaba guisando, con el pretexto de hacer los pedidos. Veíamos, como los pescados, brincaban en las tinas donde los arrojaban de las redes, con sus branquias dilatándose, contrayendo sus cuerpos, y las escamas que los cubrían, cambiaban a infinidad de colores, como moraditas, azulitas, doraditas; por efecto de la luz del sol.
Las jaibas, en otros baños, peleando unas con otras, con las tenazas y chocando sus caparazones. De color cenizo; ya cocidas, agarran ese color rojito.
Los camarones, casi transparentitos, pero al cocerlos, ya de un color encendido, los disfrutábamos en coctel, lampreados, en caldo.
El camarón, la jaiba, el pescado, no se porque será, pero nunca da en cara, aunque lo comas seguido.
El pescador de la laguna de Pueblo Viejo, tendrá muchas carencias, pero no le falta “la de adentro”.
Puro marisquito, ¡Hay papá!
En ese restaurante, “El Villa Azul”, había una gran pileta, que contenía unas 5 tortugas de gran tamaño, de color oscuro, entre verdoso y terroso, eran una distracción adicional para los visitantes.
La bardita de esa pileta, me llegaba a la altura de mi pecho, y ustedes, Lety, Mely, Laura y Lalo, por ser más pequeños, por más que brincaran, no alcanzaban a mirar en su interior.
Entonces, me decían, a coro…. ¡ayúdame! Y los más chicos…. Cálgame, cálgame, ¡yo sigo! ¡Ya dulo mucho tiempo viendo ella!
Y a el, ya van 2 veces que lo calgas, no seas así, cálgame otla vez, me hubiera gustado ayudarles mas tiempo, a poder mirar a esas enormes tortugas, con sus movimientos parsimoniosos, ojos que parece que tuvieran un conocimiento de muchas vidas; pero me cansaba. Y los jalaba a mirar como pescaban al marisco, como descamaban a los pescados. Y de regreso a casa, cada uno me ayudaba con lo que podía; con bolsas de jaibas rellenas, otro con una envoltura conteniendo el róbalo frito.
Yo siempre cargaba los guisos caldudos, para que no se les fueran a tirar a ustedes, y los hubiera quemado.
Era feliz, cuando venían de visita.
Aunque fuera cada año, en semana santa.
Ustedes, me hicieron saber, en mi niñez lo que era tener hermanos; y aun en esos escasos días, llegamos a pelearnos, y a contentarnos.
Yo los quiero mucho, y ustedes lo saben.

CASCAJO, Y VIDA

Al regresar nuestros pasos, hacia la calle pavimentada, mas bien parece una avenida por lo ancha, deben seguir caminando por esa avenida, son unas 6 cuadras, y a mano izquierda, en una vueltita, darán con la cooperativa de pescadores; a los alrededores, por las callecitas, pequeñas, cortitas, como con recovecos, sentirás bajo tus pies, el cascajo.
Son bonitos esos caminitos, llenos de casitas, y mucha vegetación, árboles frondosos, que por más calor que haya, refrescan tu caminar.
El cascajo que reviste varias callecitas del pueblo, es el caparazón del ostión.
Macizo, tan macizo, que acaban de descubrir, en el extranjero, que revuelto el polvo del cascajo, con otros elementos, como el cemento, es lo más resistente que hay para construir casas y edificios.
Tu veras las conchas del ostión secas, sin vida.
Te equivocaste de pe a pa.
En la laguna de Pueblo Viejo, mas precisamente en su cooperativa, que gracias a Dios, están muy unidos los pescadores; en esas instalaciones, los cooperativistas, en unión de sus esposas e hijos, de esas conchas de ostión, sacan vida.
Perforan la concha seca, con un clavo, en un sitio estratégico.
Y forman collares de ostiones, que luego “siembran” en la laguna, colgados de unos postes; que estén bien sumergidos, y a la vez, que ha determinadas horas del día, cuando baja la marea, les de un poco de aire y sol.
De ahí renacerá el nuevo ostión.
Los cooperativistas, reciben una paga por cada collar que arman, parece que son 100 conchas de ostión por collar.
Y al reproducirse el ostión, también reciben paga, por “cosecharlo” y luego por abrir las valvas, y sacar el ostioncito, para vaciarlos a unos baños con agua, de donde, posteriormente serán comercializados.
Son pasos importantes:
Yo respeto a la naturaleza, la naturaleza me respeta a mí.
Yo amo a la naturaleza, la naturaleza me ama a mí.
Vive el ostión, vive el pescador.
El circulo completo.
También se pesca la jaiba, con las jaiberas, que son unos como aros pequeños, de fierro, con redes. Y no se diga la pesca del producto con escama.
De varias especies, tilapia, lebrancha, trucha, jurel, chocumite, etc.
Las familias de pescadores, viven por lo regular en las márgenes de la laguna.
Ahí dejan las pangas, con sus remos, como diciendo, que allí, en los patios de sus casas, tienen su medio de vida, su trabajo.
Muy de madrugada, salen a pescar, luego entregan lo pescado a la cooperativa, apartando lo de su consumo diario.
Si lo desean, laboran un par de horas en el desconche del ostión, o en despicar camarón cocido, que es quitarle la cabeza, patas, cola y la cáscara al camarón.
Ya para las 11 de la mañana, a más tardar, se van a sus casas, a comer, a descansar.
Por las tardes, se dedican a tejer sus redes, con que atraparan los peces y jaibas.
Platicando, oyendo el radio, en sus patios, rodeados por sus numerosos hijos.
Ha de ser afrodisíaco el marisco.
En las puntas de las redes, para que estas estén pesadas, y caigan formando una como campana dentro del agua, y así atraparan a los peces, ponen unos como cacahuatitos o tamborcitos de plomo, o sea la “plomada”, que elaboraban derritiendo en un traste plomo, que vaciaban en la tierra, en una especie de moldecitos que hacian.
Y están listos, para otro día, ir a la laguna.
Esa laguna del pueblo, que es…….
Encanto, hermosura, pájaros cantores, paz, tranquilidad, aguas cristalinas; el verde con diferentes tonalidades de sus manglares.
Cuando vemos películas, que muestran lugares parecidos, le digo a mi familia, dejemos de perder el tiempo.
Y vamonos para la laguna de Pueblo Viejo.
Los habitantes del pueblo, personas sencillas, fiel espejo de la laguna, son pausados, sin prisa alguna.
Como si estuvieran dormidos, aun con sus ojos abiertos, y sus pláticas interminables.
Es como si hubieran descubierto que el tiempo les pertenece; que tienen tiempo para nacer, vivir y morir.



EL RETIRO DE LOURDES, LA FUENTE Y EL CINE


Puedes visitar el retiro de Lourdes, que esta ubicado en los terrenos, que eran de un señor que se llamaba Don Enrique U Fernández, el fue presidente de Pueblo Viejo.
En esos terrenos, hay unas singulares construcciones, como capillitas, forradas estas con conchitas del mar.
Algo digno de verse.
Colinda ese terreno, con la propiedad de la familia de don Manuel de Dios y Silva.
A unas cuadras de ese lugar, existe “La Fuente”, hacia lo alto.
Y en su parte superior, estaba un gran restaurante.
Se llamaba “El Mirador”.
De niña, nos llevaban los maestros ahí de excursión.
Es abundante su vegetación.
Había resbaladillas, columpios, sube y baja; lo mas hermoso de ahí, es su vista del pueblo.
Una amplia panorámica, como de postal.
No pueden perder el visitarlo.
Volviendo al centro del pueblo, a la plaza.
Veras en un lado la presidencia, y en otro la escuela primaria “Expropiación Petrolera”, y haciendo escuadra, la calle donde esta la iglesia.
Pues todos esos sitios emblemáticos de cualquier ciudad, o pueblito, han sido reubicados de su sitio original, luego les digo como, cuando y porque.
Dije sitios emblemáticos, porque ese tipo de ubicación, siempre al centro de cualquier pueblo o ciudad, es herencia colonial.
Así ordenaban construir los españoles, poder político, religioso y económico al centro.
Es la historia palpable, que no esta muerta, o que solo se ve en los libros.
Vivimos, nos movemos, en coordenadas históricas, políticas, económicas, religiosas.
Nada es al azar.
Que nos hagamos pato, y comentemos, a mí, no me hablen de historia, ni de política o filosofía, es como el avestruz, que esconde la cabeza en la tierra.
En la calle contraria, a estas cuadras ocupadas por los poderes religioso, educativo y político, queda la calle, donde se ubicaba, al lado derecho, viendo desde la plaza, una tienda que era la de don Juan Puon y su esposa, doña Lupe, y sus hijos, Chenta, Porfiria, Juanito y Chuy, el negocio era de abarrotes y contaba con molino y tortillería.
Al lado izquierdo de esa calle, había un cine.
¿Debo decir cine?
Eran 4 paredes, un pisito corto de cemento, y el resto pura arena. Bancas rusticas de madera, que seguido se desbarataban, causando hilaridad en los espectadores de las películas.
Una gran manta, era donde se proyectaban las películas, y si hacia viento, las películas, se veían distorsionadas, y como bailando.
Los habitantes del pueblo, a ese cine, no lo tenían de su agrado.
Porque se iba seguido la luz ahí; las películas, o estaban rotas sus cintas, o quemadas en tramos.
Por lo regular, eran los miembros de la milicia, que en sus paradas por el pueblo, ignorantes de las condiciones del cine, caían ahí.
El dueño era un señor de Mata Redonda.
Contaba con un par de taquillas, donde se cobraba la entrada.
A los lados de esas taquillas, pegaban los cartelones, anunciando las próximas películas.
Pasaron las películas, “El bueno, el malo y el feo”
Así como la película “Tampico”, de Julio Alemán como actor principal.
Nunca supe los precios.
Como ese cine no tenia techo, bastaba con que me subiera al segundo piso de la escuela primaria “Expropiación Petrolera”, fijara mi vista en la pantalla y listo.
Ya no existe ese cine en el pueblo.
Ya no hay cine en el pueblo.
No se si eso es lo mejor, o fue un retroceso el no tener ese cine.
Ya no ha salido un valiente, que ponga un cine en el pueblo.
En la esquina izquierda de esa banqueta, se ubicaba un café, pequeño, construido con madera.
El café se llamaba, “El Gallito”, lo atendían unos chinitos.
¡Que rico café, aromático!
El local contaba con área de mesas y sillas.
Una barra amplia, con sillones giratorios.
A la derecha de esa barra, se veía a los panaderos trabajar.
El horno, donde metían las charolas, con el pan; quedaba a unos cuantos metros, de los que estábamos consumiendo en la barra.
Al final de tu desayuno, o almuerzo, te daban un vaso de vidrio con agua helada.
Tan helada, que el vaso sudaba frío.
Ya no existe ese negocio.
Pero, a veces yo lo sueño.
Me veo con mi abuelita Luz, ahí, tomando café, con bisquetes, a los que les escurre la mantequilla.
Por fuera de ese negocio, se ponían puestos de tacos de barbacoa.
Preparados con tortilla normal, grandes, llenadores.



ESCUELA, IGLESIA Y PRESIDENCIA MUNICIPAL.

Ahora tratare de explicar como fue, que la escuela, la iglesia y la presidencia del pueblo, cambiaron sus ubicaciones.
La escuela primaria, se ubicaba antes en un local de madera, que estaba en donde hoy es la presidencia del pueblo.
Y no tenía el nombre actual.
Su nombre era “Leona Vicario”.
La profesora Graciana Dávila, conocida por todos como la maestra Chanita, fue su primer directora. Cuando el ciclón, uno que pego antes del 55, si no estoy en error, ha de ser el del 33, tumbo esa escuela, se tuvieron que ir maestras y alumnos a la escuela “Ignacio Zaragoza”, que se ubicaba en terrenos donde ahora esta el kinder, que se encuentra atrás de la escuela “Expropiación Petrolera”.
Solo mientras arreglaban la escuela “Leona Vicario”.
La presidencia municipal, se encontraba, donde hoy esta la escuela “Expropiación Petrolera”.
Y contaba con su cárcel.
Al lado de la presidencia, se ubicaba la capillita de la Purísima Concepción.
Tumbaron las dos construcciones, la de la presidencia municipal, y la de la capillita, para hacer la escuela “Expropiación Petrolera”.
Por ordenes del entonces general Lázaro Cárdenas del Rio.
Y por ese motivo, se le cambio el nombre, a la primaria, de “Leona Vicario”, a “Expropiación Petrolera”.
Y la capillita se ubico entonces, donde ahora es el mercado.
Era pequeñita, de madera.
Cuentan, que la imagen de bulto, de la virgen de la Purísima Concepción, una obra artísticamente hablando primorosa, fue traída al pueblo por españoles.
Cuando el ciclón, del 55, se cayó la capillita, por completo, y la representación de la virgen, que tiene una estatura un poco mayor a la de un ser humano, se quedo en medio de todo aquel destrozo, intacta.
Sin una raspadura. Entonces, la virgen fue llevada a una casa particular, para componer la capillita.
Estuvo en resguardo, en la casa de la familia Olvera Alejandre.
Y los pobladores de Pueblo Viejo, se reunían en esa casa a rezar.
Yo considero, que tomando en cuenta la Virgen, con cuanto amor fue hospedada en esa familia; ella les tiene apartado un lugarcito en el cielo.
Bendiciones, generación tras generación, les traerá su buen corazón.
Y fue cuando una señora de Tampico, habiendo ofrecido una manda, por un milagro que necesitaba, y le fue concedido, su nombre era Doña Celina Ruiz, compro un terreno, donde esta ahora la iglesia; y también de su pecunio, la construcción del templo, pago.
La estatua de la Virgen de la Purísima Concepción, es de pura madera.
De una sola pieza, y cuentan, los que saben, que al verla por su interior, se nota como esta hecha , con cortes de machetazo, burda por completo.
Cada determinado tiempo la retocan, y ella, pasa el tiempo, y sigue como siempre, muy hermosa.
Cuando la llevaron a retocar a Tampico, a darle una manita de pintura, porque la parroquia de Pueblo Viejo pertenecía entonces a la jurisdicción tampiqueña, no como ahora, que pertenece a Tuxpan, hablando en términos de religión católica.
¡Que cosa!, ¡ya no la querían entregar!
Hubo comisiones de unos pobladores, y de otros.
¡Y vamos con el señor Obispo, esto no se va a quedar así!
Se logro que la Virgen regresara al pueblo, el mero día que se festeja, o sea el 8 de diciembre, día de la Purísima Concepción, y llego estrenando casa, a la parroquia actual.
En ese entonces, que se logro que regresara la virgen al pueblo, estaba el sacerdote Cortes y Cortes.

EL KINDER


El cuartel del pueblo, se ubicaba por el camino anterior al cementerio, el pegado a la laguna.
Por donde estaba la casa de la maestra Josefita Viscarra, y de su esposo Don Jesús Arreola.
La maestra Josefita, estudio piano en Tampico, y daba educación artística a los chiquitines del Kinder del pueblo.
Se llamaba “Federico Froebel”, pertenecía a la Dirección General de Educación Pre- escolar, de la segunda zona de Veracruz.
La inspectora era la profesora Gloria Noemí Palma.
La directora, la profesora Rosa Maria Mirus L.
En un principio de su funcionamiento como kinder, trabajaron en el, las maestras Hilda Yado, la Negrita Biraghi, que fungía como enfermera, pediatra, educadora de corazón, un gran corazón, donde todos los niños del pueblo cabíamos.
La pianista Delia, que estuvo antes que la maestra Josefita Viscarra.
La maestra Josefita Viscarra nos alegraba las mañanas, con tonadas tocadas al piano, como la de la canción…
La raspa la baile,
Con un viejo botijon,
Y en medio del salón,
Se le cayó el pantalón.
Tiriririn, tiririran.
A los niños los ponía a bailar en círculos, en parejas, intercalándose entre si.
Los hacia mover con gracia sus cuerpecitos.
Ensayaban obras teatrales sencillas, con fondo de piano.
Como en una obra, donde una niña, simulaba dormir sobre un petate; llegando en ese momento una compañerita, rebotando una pelota, grande, de vivos colores, y cantando la pequeñita.
El objetivo de estas actividades lúdicas, era que los niños, se desarrollaran mejor, física, social y psicológicamente.
Y en la conmemoración de fechas nacionales, se sacaba a los chiquitines a participar, al igual que los niños de primaria.
Y en esas calles polvosas, se demostraba de que estaba hecha la gente del pueblo.
De ver como sus hijos, niños de 5 a 6 años de edad, se desenvolvían frente a casi la mayoría de los habitantes del pueblo, que llenaban las aceras de las calles que estaban en el centro de la plaza, comprendían los adultos, que no importaba la situación económica o geográfica del pueblo, que aquí también soplaba el viento. Y aquí sale el sol también.
Y que de quererlo y esforzarse, algún día, podrían alcanzar, cada pueblovejence, la estrella, que desearan conquistar.
El kinder se ubicaba en un amplio salón de la escuela primaria “Expropiación Petrolera”.
Era el único salón que contaba con mosaico.
En los demás salones de la escuela primaria, de piso de cemento, que solo estaba pintado de rojo oxido.
El mobiliario de ese kinder, constata de sillitas y mesitas, pintadas unas de color rosa, y otras de color azul pastel.
Apropiadas, en su tamaño, para niños de 5 y 6 años.
Estaba abierta su inscripción a todos los chiquitines del pueblo, pertenecía a la SEP.
Posteriormente, se construyo un edificio, para ese kinder. Ubicándolo, en terrenos que pertenecían a la escuela “Expropiación Petrolera”, de donde estaba un pozo, hasta el limite de la parte posterior de la primaria.
Quedo de frente a la calle Amado Nervo.
Se me olvidaba narrar, que antes de estar ubicada la presidencia y la capillita en los actuales terrenos de la primaria, cuentan, y no me consta, que fue un cementerio.
Que cuando construían la primaria, varias osamentas encontraron.
Tal vez, por eso digan, que en esa escuela espantan por las noches.

LIBROS, DESAYUNOS ESCOLARES

Yo contare a continuación lo que me consta de esa escuela.
La construcción de la escuela, simula en el plano una I latina, con la parte posterior más pequeña.
Al frente están los corredores, y las escaleras, amplias de acceso.
En la parte central, el enorme zaguán, a los lados de el, existían 2 cubículos vacíos, donde se colocaban, las cajas que contenían los libros de texto gratuitos, y que en vacaciones, traía un trailer; preparando todo para el comienzo del año escolar.
Venían maestros de las escuelas adscritos a la zona escolar # 1, por los libros que requería cada escuela; los pedían presentando un oficio firmado y sellado.
Las cajas de libros, de cartón grueso, para evitar maltratarlos, estaban amacizadas con unos “cinchos”, que de primero fueron de fierro, que algunos pobladores aprovechaban, para cortarlos en trozos, afilarlos y con una cacha rustica, hacer “navajas” o cuchillitos.
Después de años, los “cinchos” se hicieron de plástico.
Mas adelante de esos cubículos, que no tenían puerta, estaban las 2 direcciones.
La de la mañana a mano izquierda, y la de la tarde y secundaria nocturna a mano derecha.
El director, nos recomendaba, cuando entren por la mañana, a alguna dirección, como contenían infinidad de objetos, y libros, y poco ventiladas; esperen un poco a que entre aire limpio, salga el olor a encerrado, y ya después entren.
Si no lo hacen así, pueden enfermar de la garganta, o hasta de los pulmones.
Al centro, seguía el largo corredor, todo techado.
A los lados de cada dirección, se alineaban 3 salones.
Siempre, se prefería, que fueran primeros y segundos grados, los ubicados ahí.
Los 2 primeros salones, se ocupaban, para grupos de primaria.
El tercer salón, partiendo de la dirección, hacia la izquierda se utilizaba para local del kinder de la SEP.
Por fuera, siguiendo la misma dirección, había una porción de terreno, como de 6 por 8 metros, que tenía otro zaguán, pero más pequeño; y en ese patiecito, había una pileta, que se llenaba con agua de lluvia, y que se encontraba tapada, por una pesada lamina.
Posteriormente se clausuro la pileta y se sello todo con un como pisito de cemento.
De ese lado, colinda la escuela con el terreno del Dr. Cantu Ochoa.
Del lado izquierdo de la inspección de la tarde, había otros 3 salones.
Los primeros 2 se ocupaban igual, en primeros, segundos o tercer grados. El salón del final, mucho más grande que los 2 primeros de ese lado, sirvió de cocina y comedor, cuando hubo desayunos escolares.
Daban un pan francés, embarrado como torta, de frijoles bayos fritos con chorizo, y un vaso de atole.
La cooperación era de 20 centavos, de los que tenían por un lado la imagen de Josefa Ortiz De Domínguez, los de cobre.
Las mesas eran largas, había bancas.
Por fuera de ese salón, siguiendo la misma dirección, estaba también un patiecito, donde existía otro zaguán pequeño, que en las mañanas, se abría, para que pasaran los que traían costales de pan francés, y los ingredientes de los desayunos que traían en camionetas.
Posteriormente se acabaron los desayunos escolares.
Y se ocupo ese salón, como bodega de libros de texto.
Ya era tal cantidad de alumnado, de la “Expropiación Petrolera”, y las escuelas que pertenecían a ese sector, que solo en un local grande cabían.
Cuando se distribuían a las escuelas, aun así, quedaban algunos libros, que servían para reponer aquellos, que hicieran falta.
Y en ese local, también se guardaban herramientas, y materiales educativos.
Como mapas de plástico y tela, pizarrones deteriorados, algunos mesabancos que necesitaran ser reparados, etc.
Ese salón, siempre estaba con llave.
Solo se abría, con permiso expreso del Sr. Director.
De ese lado de la escuela, estaba una barda, que empezaba como de 1.60 de alto, en 1 parte media, llegaba de altura como 80cm. Y volvía a terminar como de 1.60 de altura.
Estaba determinada su altura, por los altibajos del terreno de la escuela.
Se reforzaba, con una mallacorla, que estaba situada en su parte superior, para evitar que los alumnos la brincaran tan fácilmente.
Y como quiera lo hacían, por donde se pudieran por abajo, la abrían como cortina; por arriba, la trepaban como arañas, o tenían paciencia y le hacían hoyos. De todo se valían.
Por fuera, estaba una banqueta ancha.
En algunos puntos de esa banqueta, se ponían muchos vendedores, de naranja con chile, de semillitas, raspas. etc.
Frente a esa banqueta, esta una cuadra, de la cual recuerdo en su esquina, al hogar del matrimonio que vendía leche bronca, queso, crema, era una casa grande, muy bonita, fresca, con un corredorcito, que, nosotros clientes, recorríamos, hasta el fondo, para ser atendidos.
El matrimonio estaba formado por don Eulogio Terán, y doña Teresa.
Don Eulogio, estuvo enfermo, y en su patio, se pusieron unas barras, donde dia a dia, hacia sus ejercicios, y logro, con el favor de Dios, volver a caminar.
Siguiendo por esa calle, la Amado Nervo, en la esquina de la cuadra, que esta a un costado de la escuela, vivían Don Ángel García Gutiérrez, que fue presidente municipal de Pueblo Viejo, y su esposa doña Gloria, a si como la hermana de don Ángel, doña Elda.
Don Ángel, durante un tiempo, tuvo un puesto en la oficina de telégrafos del pueblo, que se ubicaba, frente a la tienda de don Luís Wong.
Consistía la oficina de telégrafos, en una construcción de madera, sentada esta sobre una plancha alta de concreto, a la cual tenias que llegar, subiendo por varios escalones de concreto.


PATIOS Y FORO DE LA ESCUELA


El corredor que empieza por la entrada principal, ancho, como de 3 metros, atravesaba la escuela, y la dividía en dos patios.
El corredor en su segundo pilar, tenía ubicada una campana, donde se tocaba la entrada y salida, a clase, y al recreo.
El patio de la derecha, se ocupaba con las canchas de básquetbol, ahí estaban ubicados los tableros, y en ese patio se hacían las asambleas.
Al final del protocolario, se hacia la rifa de unos juguetes, ya sea carritos, ya sea muñecas, o cuentos con estampas.
En ese patio, a un costado, existió otra pileta, también con su tapa de fierro, que al oxidarse, se cambio por unos tablones.
El otro patio, el de a mano izquierda, se ocupaba para el voleibol, y para las ceremonias del día de las madres, de maestros, fin de cursos, y eran esos días en que los alumnos y maestros se lucían con bailables, recitaciones y pequeñas obras teatrales.
Ocupaban el equipo de sonido, utilizando los discos de pasta, los Long Play.
Y unas bocinas, o altavoces de gran tamaño; y sus micrófonos con pedestal.
Al final de ese patio, yendo hacia la izquierda, estaba el foro.
Que era una como casita, de material, con escalones a ambos lados, varias ventanas, y su entrada hacia el zaguancito, que colindaba con el solar de la familia Ostos.
En la parte superior de esa como casita, estaba un hueco rectangular, y era para que se pudieran leer los parlamentos, dar papeleos, pasar algún adorno o vestuario que se necesitara utilizar, guardar de inmediato, de los que estuvieran actuando, cantando o bailando.
Por lo regular, cuando se llego a utilizar el foro, las instrucciones, las daban ya sea frente a frente, o desde abajo, en los alrededores del foro.
En ese foro, se presentaron compañías itinerantes de títeres.
Cobraban a los alumnos, una suma módica, y las funciones eran los fines de semana, por las tardes. Acudían familias completas, y el patio lucia pletórico de público alegre.
Recuerdo, en las funciones, como se movían los títeres, ponían música de fondo; traían argumentos interesantes como el de una corrida de toros.
Con los toreros, que parecía que realmente toreaban, y se escuchaba el sonido del toro, que estaba bufando, y el clarín, y las dianas, esto reproducido en un tocadiscos, de los discos de pasta.
Sacaban infinidad de muñecos, damas encopetadas, y todo el público encantado.
Vinieron también ventrílocuos, con sus muñecos, que creo que invariablemente se llamaban Titino . O tenía un nombre muy similar.
Magos, que aparecían y desaparecían cartas, palomas, gasas de unas varitas; y los chavitos del pueblo, gritaban: ¡ahí lo tenía!, ¡de ahí lo saco!
Los magos con más tablas, desde que llegaban, pedían a alumnos que les ayudaran, para así
poder tener en vilo a todo el demás alumnado. Distraían a la muchachada al hacerlos enfocar su mirada en sus compañeros.
Hubo funciones de payasos, llegaban con sus maletotas, y en cualquier salón, se disfrazaban. Los niños, los seguían, y algunos, se ofrecían de ayudantes, ya sea para colaborar en su cambio de vestuario, o cuidar de sus maletas; ya sea para actuar junto al payaso durante la función.
El payaso, se ponía de acuerdo con los jovencitos, y al momento de su acto en público, pedía un ayudante, y ¡sorpresa!, escogía a esos voluntarios madrugadores como ayudantes.


El hueco, que servia como sitio de apuntador, se mantenía de continuo tapado, con una pesada lámina, pero al no estar sellado ese techo, dejaba pasar chorros de agua, en tiempos
de lluvia, que hizo que adentro se inundara.
La parte interior de ese foro estaba llena de infinidad de bultos que contenían paquetes y paquetes, de papelería amarillenta, infinidad de escritos, que reconozco, yo no pude leer, por no saberlo hacer todavía.
Al entrar, el piso de ese foro, estaba a una altura más baja, que el resto del patio.
Muy en penumbra, sus ventanas no eran muy grandes, largas si, y algunas estaban
clausuradas con tablones.
Yo me metía ahí a jugar sola. Me metía con un brinco y para salir, ponía ladrillos y apoyando la pancita en el dintel de la puerta y con un impulso enérgico, salía a la claridad, al aire limpio.
Y descubrí quienes vivían ahí.
Ratas, tlacuaches, arañas, cangrejos de caparazón grande y tenazas azules con ojitos nerviosos rojos y víboras de coralillo.
Ya mi abuelita me había explicado lo peligroso que es una víbora.
Yo en el patio del lado derecho, había encontrado una que se desplazaba por el patio y la maestra Isabel Moreno Ríos, me grito desde el segundo piso que me detuviera, me extraño que lo hiciera y un par de metros adelante iba pasando la coralillo.
La mataron entre unas dos o tres personas, no recuerdo quienes, y se dejo tirada en cualquier montón de tierra.
Yo observaba su descomposición día a día, le daba una vueltecita.
Hasta que se vio su esqueleto, entonces perdió interés para mí.
También, al fondo del solar, llegamos a encontrar víboras de las llamadas cuatro narices.
No me gustaron, eran pardas, las 4 narices nunca se las pude distinguir por mas que con un palito, me señalaban la cabeza de la víbora muerta.
Mi preferida, en colores fue, y, será la coralillo.
Ya con esos hallazgos que se hacían cada, vez mas frecuentes, se recibió la orden de quemar poco a poco, la papelería caduca que era criadero de tanta alimaña.
Para evitar que los alumnos, sufrieran un piquete o mordedora mortal.
En la parte contraria al foro quedaba la pared exterior de la escalera.
Se ocupaban en ocasiones para proyectar películas.
Los padres y alumnos asistían, previo pago, los sábados y domingos.
Allá de vez en cuando hubo funciones, había pocos asientos, se destinaban los pupitres que casi no servían, y el demás público parado.
No funcionaban bien los carretes de película y la huercada empezaba a gritar ¡cacaro! ¡Cacaro! Regrésame mi peso.
Pasaron varias veces la película, de unos niños, que se suben a un globo aerostatico y se pierden en una como jungla, llore pero no me dio pena, estaba oscuro y varios de mis compañeritos también lo hicieron.


CAPULINA

En ese patio, un día dio una función, Capulina solo, sin su compañero Viruta y decir función, función, creo que exagero.
La gente del pueblo, llenaba los corredores exteriores de la escuela, que son 2 uno inferior y otro superior, y los corredores interiores; solo dejaron, un pequeño círculo, tal vez de unos 8 por 10 metros libre.
Había mucha expectación.
Se retraso tal vez unas 3 horas.
Pero siendo un artista renombrado, valía la pena esperar.
Ya hacia hambre, sed, todo mundo sudado, y vuelto a sudar.
Pero ahí estábamos, esperando al personaje.
Cada que un carro, o camioneta, de más o menos lujo se veía llegar por la carretera a Ozuluama, empezaba un rumor.
¡Capulina! ¡Ahí viene Capulina!
¿Donde?, ¿Dónde?
Hubo momentos en que la multitud, a empujones se acomodaba, de un modo, de otro.
Que si llegaba por el zaguán grande, no, tal vez por uno de los pequeños, así son los artistas, le juegan al misterioso.
Y yo quiero ser el primero en descubrir la llegada.
Yo tendré el honor de estrechar su mano.
Cuando llego, todo mundo estaba fastidiado, y peleado con todos.
Se hizo el silencio en el patio.
¡Ábranle paso al Sr. ¡Ca-pu-li-na!
Y llego.
Llego con cara de dolor, cansado del viaje.
En una silla de ruedas, uno de sus piernas enyesada, que había sufrido un accidente su vehiculo, creo que choco contra una vaca que se le atravesó por la carretera, no supe cual, no supe donde, no supe cuando.
Empezó amablemente a explicar su retrazo, pero que el cumplía sus contratos, y que ahí estaba, en nuestro pueblo.
Encantado de estar en Pueblo Viejo.
La multitud al escuchar sus explicaciones, agradecida, casi hasta las lágrimas, de que un personaje tan importante, a pesar de problemas, estuviera entre nosotros empezó a cercarlo….
Más, y más y más…
Todos se alborotaron, lo querían agarrar, tocar.
Unos se atrevieron a quitarle el sombrerito que siempre utilizaba, el agujereado del centro.
Los que acompañaban al Sr. Capulina, ponían cara de….
¿Que pasa aquí?
¿Que pasa con los pobladores de este pueblo?
Capulina se asusto.
Les dijo a sus ayudantes, sáquenme de aquí.
Vamonos, así no puedo trabajar.
Y los pobladores, ¿que ya se va Capulina?
Pero si no lo he saludado.
¿Eso fue todo?
¿No va a hacer algo?
¿A poco el boleto era por solo verlo?
¡A no, mi boleto me costo!,
¡Y yo lo saludo!, y el otro ¡yo lo toco! y ahora si…
La gente se abalanzo sobre Capulina.
Con todo y su silla de ruedas, su pierna enyesada, y ayudantes.
Creo que jamás olvido esa visita a Pueblo Viejo.
Sus acompañantes, empujaban aquí y allá a la multitud, para abrirle paso.
Y Capulina gritaba, ¡déjenme salir!
¡Déjenme pasar!
Pero no sean así ¡me van a lastimar!
¡Ay, ay! ¡Mi patita!
Para mí, que maldijo una y otra vez al público.
A gritos, pero nada se oía.
Cuando Pueblo Viejo grita, no hay quien le gane.
Se fue Capulina huyendo del pueblo.
No hubo aplausos.
Y los pobladores, en ese tiempo, llegaron a la decisión de…
Ya no queremos artistas renombrados, uno que paga lo doble o lo triple la entrada y ellos que no cumplen.



JUNTAS MAGISTERIALES Y SINDICALES


Volviendo al corredor central, techado, al final de el, a su lado izquierdo, estaba el salón de actos.
De ordinario, lo ocupaba un grupo de sexto año.
Pero cuando había juntas de toda la zona escolar, se llenaba con mesabancos dobles y dos escritorios de lámina al centro, con sus sillas.
Tenían que caber entre 100 y 120 asientos.
Llegaban temprano los maestros, de diferentes escuelas, localidades, e invariablemente, terminaba rebasando el cupo del salón de actos.
Los maestros venían de escuelas de Orcasitas, El Km. 75, La Laja, El Km. 80, San Gregorio, Chijol, Tantoyuca, Reventadero, Méndez, Tampuche, El Pueblito, Chijol Num. 17, La Isleta , El Higo y de muchos lugares mas.
Empezaban las juntas temprano, les daban un receso para lonchar, y terminaban a veces después del mediodía.
Los recibía el inspector de la zona, luego hablaba el director de la “Expropiación Petrolera”, y continuaba así, por niveles de escalafón.
A veces, las juntas eran asuntos relacionados con la enseñanza.
Y en otras, laborales, sindicales.
Solo se oía la voz del que exponía, al micrófono un tema.
Los maestros varones, es ese tiempo, fumaban tanto, que al mirar yo al interior, en pequeños brinquitos para poder alcanzar el alfeizar de la ventana, distinguía nubes aquí y allá, de volutas de humo.
Yo recogía las colillas, les quitaba el papel, e introducía, solo el taponcito amarillo o sea el filtro a mis fosas nasales.
Yo pensaba.
Estoy fumando.
Que rico huele. A tabaco.
Estoy fumando, y no me cachan. Porque no sale humo.
Jalaba aire profundo.
Muy profundo.
Que mis pulmones se dilataran y expandieran.
Y mi abuelita:
¡Hey!, ¿Qué estas haciendo?
Pero mira nada mas, ¡te vas a ahogar!
¡Sácate eso de la nariz!, ¡pero ya!
¡Que cochina!
¿Qué no te da asco?
No sabes ni quien se lo metió a la boca.
Y yo pensaba.
Fueron maestros. Siempre andan limpios, olorosos a perfume. Siempre los veo sanos.
Y seguía “fumando” a escondidas.



DOS GRUPOS, UN SALON.


Por ser el salón de actos, muy amplio y largo, hubo ocasiones, en que al realizarse alguna mejora a un salón, como pintura, o por que hiciera falta otra aula, se metieron dos grupos a este salón.
De la parte de en medio, se dejaba un breve espacio libre, y hacia cada lado del salón, de modo que quedaran los alumnos de cada grupo dándose la espalda, se colocaba el mobiliario.
Cada maestro, tenía su escritorio de fierro, su silla, y su pizarrón.
Los maestros, quedaban de frente, pero a una distancia unos de otro, considerable.
A mi me toco un tiempo, estar en esas circunstancias.
Pero no podíamos estudiar bien, se escuchaba la clase de uno y otro grupo.
El bullicio de uno y de grupo.
Si el maestro de un grupo se veía obligado a salir a alguna diligencia, a traer algún material educativo pesado o delicado, que no pudiera mandar a alguno de sus alumnos; con una seña le encargaba al maestro compañero, que se encontraba en el otro extremo del salón, a sus alumnos.
Y nos dejaba trabajo, como para marearnos.
Y si tocaba la coincidencia que al único maestro que le habían encargado a los dos grupos, recibiera alguna visita inesperada, ya sea de otro compañero, que le solicitara algo de urgencia, ¿como lleno esta forma de…?
Firma esta circular de…es importante.
Te explico brevemente…
O alguna madre de familia, que impertinentes, llegaban a cualquier hora.
Aunque estuviera el zaguán grande cerrado con cadena y un gran candado.
Se colaban por la parte de atrás, que tenia la tela mallacorla, destrozada en tramos espaciados, por los chamacos.
Y mire, maestro, mi hijo cumple con todo, ¿y porque su cuaderno tacho aquí y allá?
Otra madre, mi hijo trajo la tarea, y usted no se la reviso.
Si llego llorando, tanto que trabajo, y usted ni se la tomo en cuenta.
Señora, y no le dijo su hijo, ¿que ni siquiera me la presento cuando la pedí?
Que estaba platicando, si señora, ¡platicando!, dando la espalda al pizarrón, mientras yo me ocupaba en calificar tareas.
Y yo decía fuerte, ¡a ver niños! traigan la tarea al escritorio, la voy a revisar.
Cuando tocaron la salida, hasta entonces recapacito de donde estaba, y empezó en su bolsa, a buscar su cuaderno de tareas.
Ya para entonces, niño al que le entregaba su cuaderno de tareas revisadas, niño que salía del salón.
Recogí mi material educativo, cerré mi maletín y empezaba a salir del salón, para dejar libre, para el profesor del turno vespertino, cuando su hijo corre y me dice: ¡maestro, maestro!, no ha revisado mi tarea.
Tengo mi horario para firmar entrada y salida de labores.
La maestra de guardia, al final, firma de responsable, y la libreta de asistencia diaria, se guarda con llave, en el escritorio del director.
Como ve, las cosas sucedieron de diferente manera a como su hijo se las contó.
Y esa madre… ¡ay que pena!, profesor.
Disculpe mi atrevimiento.
Y extendiendo su mano, abierta la palma en ademán de amenaza, le dice a su hijo, que asustado, entre sus compañeros, escuchaba toda la conversación…
¡Ya veras!, ya veras, cuando llegues a la casa.
¡Y tu padre! ¡Me va a ayudar a corregirte!
Y nosotros, alumnos de los dos grupos, mientras se arreglaba esto o aquello, empezábamos las guerritas con bolitas hechas con pedacitos de hojas de cuaderno.
Y el hacerse travesuras, como correr agachaditos, quitar un lápiz, o un borrador, y aventarlo por una ventana al exterior.
Porque por fuera de ese salón de actos, por la parte que colinda con el solar de las señoritas Alejandre, existía una banquetita delgada, y un tramo ancho de tierra de unos 3 metros, por todo lo largo que estaba el salón de actos, y en ese callejoncito, había sembrados, limoncitos, granadas y rosales.
De donde yo cortaba rosas hermosas, grandes, de colores variados, como el rosa, amarillas, blancas; había de varios tipos, como labios de novia, que son blancas, con orillita roja, los rosales sangre de toro, que eran rojo _ quemado, los bouquet de novia, que dan en racimo, así como las 7 hermanas, que son pequeñas, y siempre en racimitos, no se diga las de tipo de enredadera.
Y en mayo, yo llevaba de esas flores, a la Virgen, vestida de blanco, y éramos muchas las niñas, que en cánticos, después de cada misterio del rosario, con nuestras manos en plegaria, dábamos vuelta a los bancas de la iglesia, con el ¡ave, ave Maria!…
Y como éramos niñas, si podíamos dábamos la vuelta corriendo, y las catequistas, que no podían gritar dentro de la iglesia.
Terminando el rosario, a salir, y todas apredeaban a los guayabos de doña Mangú, y yo mas colmilluda, iba con modo, y le hablaba, porque su casa estaba frente a la sacristía de la iglesia, y su solar, abarcaba de calle a calle, y con un por favor, humildito, me la echaba a la bolsa, y doña Mangú, me prestaba una vara de tendedero, de las de otate, y ya aparecía yo, muy salsa, con permiso y toda la cosa, y recorría ese solar tan grande, y las demás niñas que continuaban, en el solar de la iglesia, empezaban a gritar, y corrían a casa de Doña Mangú , y Doña Mangú las mandaba a la porra, les decía, ¡No! ya las vi apedreando mi solar; y que como iba yo primero, pues tenia la derechera.
Yo tenía que portarme bien, porque mi abuelita, me vigilaba, de modo constante, desde la escuela que esta ubicada en contra esquina a la iglesia.
¡Y cuidadito y me dan una queja de ti!
Y un dia, que me vacilan, que yo a todo le tenia miedo a las catequistas, a doña Mangú, a mi abuelita, y que les demuestro que no, que me brinco al solar de doña Mangú, el de las guayabas, y recogí de las tiradas, y unas mulillas, que van y que le dicen a la dueña, ¡vaya a ver quien anda adentro!, y yo no podía salir sin ayuda, porque ese solar estaba mas bajo que el de la iglesia como metro y medio, y por mas que trataba de escalarlo, poniendo mis piesecillos entre las piedritas o ladrillos de esa barda, no lo lograba, y pedía una mano amiga, y las que me la daban, de verme con semejante susto, se desbarataban de risa, y así menos me podían ayudar.
Y que me cae la dueña y que me caigo de su gracia.
¡Mira nadamas!, yo que siempre te doy permiso, si eres igual a las demás.
¡Y ten tu permiso!, se acabo para mi.
En ese tiempo, también florea el framboyán, y eran enormes los ramos que cortaba del árbol que se ubicaba al fondo del solar de la escuela.
Y apartábamos los botones, de las flores sin abrir, y a la salida de la doctrina, en la placita, jugábamos a los gallitos, que consiste en enganchar los pistilos, que cada niña traíamos escogidos, por gruesos, grandes, o que se yo; y el que no se rompía, ese ganaba.
Bien que se divertía uno con esos gallitos, y en ocasiones, nosotras, nos poníamos gallitos de coraje, ¡tu me empujaste!, ¿ah si? , pues tu lo jalaste antes de tiempo, por eso rompiste el mió.
Y se pasaba el tiempo volando, ¡oh, hermoso tiempo el de la niñez!


Y me regreso al salón de actos, y a su patiecito trasero o callejoncito, donde aventábamos nuestros trofeos de guerra, obtenidos en nuestras escaramuzas infantiles.
Nos gustaba ahí, porque las dos puertas del salón de actos, daban al patio grande del lado izquierdo de la escuela.
Y cuando empezábamos con los reclamos, de un lado y otro, ¡entrégame lo mío !
¡Bueno, pero tu también entrégame lo que me quitaste!, estábamos en el brete, de tener que dar toda la vuelta al salón de actos.
Cuando ingresaba alguno de los dos maestros responsables del salón de actos, empezaban las quejas…
Los de aquel grupo, nos hicieron esto y aquello.
Y los del otro grupo, replicaban, pero ellos empezaron.
Y el maestro;
¡Ya!, ¡cállense!
¡Y pónganse a trabajar!
Y de nuevo la alegata;
Yo no puedo, me aventaron el lápiz.
Yo tampoco, no encuentro mi cuaderno.
Y risitas, y más risitas.
Si el maestro era blando, de inmediato escogía unos cuatro chamacos, que fueran por todo lo tirado al exterior del salón.
Si quería escarmentarnos, repartía pedacitos de lápiz, de los que los chamacos no quieren usar, por lo trabajoso de agarrar esos cabitos, y de cualquier cuaderno viejo, que alguien hubiera abandonado tiempo atrás, en una repisa que había en una esquina del salón ,repartía hojas para que trabajaran aquellos que no tuvieran cuaderno.
Se hacia el silencio.
Empezábamos a trabajar cabizbajos.
Pensando en nuestras cosas afuera.
¿Y si algún alumno de otro salón, pasaba agachadito por fuera, para que no lo viéramos, y se llevaba nuestras cosas?
Y empezábamos…
Maestro, no sea así, ya mero salen al recreo, o ya mero tocan la salida, y si se me pierden mis cosas, en mi casa tendré problemas.
El maestro: a ver si así entienden.
Algunas niñas, de 11 y 12 años, empezaban a limpiarse los ojos, disimuladamente.
No querían que las vieran llorar, y ser la burla de sus compañeros de salón.
Los mas desenvueltos, los que desde pequeños, les han enseñado a decirle pan al pan, y vino al vino; se dirigían al maestro, con sus rostros serios, curtidos por el sol de la laguna, y exponían los siguientes argumentos…
Maestro, usted disculpe, no debimos actuar así, pero en mi casa, nos hemos privado de algunas cosas muy necesarias, para que yo pueda venir a estudiar, y traer lo necesario.
Usted ha dicho, que un alumno sin lápiz, es como un soldado que va a la guerra sin fusil.
Y bajando más la voz, para no llamar mas la atención de sus compañeros; en ocasiones, mis hermanos y yo, preferimos andar en nuestra casa descalzos, para no maltratar los zapatos que traemos a la escuela.
La laguna da para comer, para vivir, pero no da para lujos.
Y estar comprando lápices, colores, reglas, cuadernos seguido, nadamas porque si, es un lujo.
Por favor, maestro, una vez mas se lo pedimos.
Déjenos ir por nuestras cosas…
El maestro veía en esos jovencitos, su otro rostro, el de la mirada de un hombre maduro, del que sabe ganarse el pan de cada día, del que se levanta de madrugada con sus padres, para ir a la laguna de Pueblo Viejo, y pasar horas aventando la red, que pesa lo suyo por la plomada.


DOñA LALA

Yo se de primera mano, de esa vida, cuando por azares del destino, viví en casa de una familia de pescadores de Pueblo Viejo.
Vivian al lado de un salón de eventos, donde se festejaban bodas, quince años, y demás festejos importantes.
Un solar grande, que no estaba pegado a la laguna.
Y tenia de largo lo suficiente, como para entrar por una calle, y salir hacia la otra.
Las paredes de aquella casa, eran de tablas, de un color y de otro
Que denotaban su diferente origen.
Su techo, de lámina de cartón enchapotado.
Piso de tierra, que su dueña, doña Lala mantenía siempre barrido, aplanadito, salpicándole unas gotas de agua.
Constaba de un cuarto amplio, que servia una parte para recibir visitas, otra para comer, y a un costado, unas camas.
Constaba de otros dos cuartos, mucho más pequeños, habilitados como recamaritas y la cocina.
La cocina, que siempre olía a marisco.
En ningún lado, he comido sopa tan rica de camarones, güatape o las migadas, que eran tan grandes, que solo un cuarto de ellas, me podía comer.

Doña Lala, era alta, muy morena, en sus venas corría sangre de mulata hermosa; me contó que su madre era de color oscuro.
Caderona, se sentaba como toda una matrona, en un viejo sillón, forrado de mimbre que tenia en el patio.
Al terminar de comer todos, veía mi plato, que invariablemente dejaba yo, más de lo que me comía.
Y haciendo un mohín simpático, me decía;
¿A poco la te lenaste?
Te vas a enfelmal, comes mul poquito.
Las palabras, las pronunciaba, de un modo, que me hacia recordar, el modo de hablar de un niño pequeño, de los que apenas empiezan a hablar.
Fue criada por su abuela, porque su madre se fue, y en poquísimas ocasiones, le venia a dar una vuelta.
Su abuelita, se llamaba doña Chuy, delgadita, y criaba cochinos, cochinotes, y un día, un marrano, al querer la abuela, brincarlo, porque se atravesó a la salida de su casa, se incorporo, y la tumbo.
No murió de eso, y una buena tranquiza, el cochino se llevo, por parte de la abuela de doña Lala.
Y doña Lala, tenía unos chamorros gruesos, uno de ellos, con una marca de una manta raya, que una vez, en la laguna, pesco, y como estaba viva, brincoteando en la panguita de doña Lala, con su cola, en forma de lanza con flecha en la punta, le atravesó su chamorro, y un trozo de su carne, le arranco.
Y solito se curo ese chamorro, sin medicinas, con solo la ayuda de Dios.
A pesar de unos calenturones, que hasta deliraba doña Lala.
Y esos chamorros gruesos, los cruzaba, para, sentada, cómodamente, poder con mayor facilidad tejer las redes.
Intento inútilmente enseñarme a hacer redes, en el corto tiempo que viví con ellos.
Se ve tan fácil, y yo que se hacer manteles y carpetas tejidas a gancho; suéteres, chalecos y gorros con 2 agujas, pues no pude aprender a hacer redes para pescar.
Su esposo don Juan, alto también, con gruesas patillas, bigote canoso y que caía, como cepillito sobre su labio superior.
Muy amable, hable muy poco con el.
Son personas de pocas palabras, que prefieren no hablar, por no cometer un error y llegar a ofender de manera involuntaria a alguien.
Pero cuando saludan, se siente su apretón de mano gruesa, rasposa al tacto, por el manejo de las redes, y el limpiar de escamas los pescados.
Y esas manos son tibias, sinceras, francas, respetuosas.
Hasta, recuerdo con cariño, las pocas veces, que nos saludamos, como limpiaba su mano, en su pantalón, como temiendo ensuciarme.
Pueblo Viejo, Dios te ha bendecido con tus personas, que la mayoría son bien longevas.
Será el clima, la comida, la siesta, su carácter, su confianza en un mañana, que saben que será igual al ayer…
En otros lugares, y en otro tiempo, también he conocido personas que te saludan, melosos, sus manos frías, sudorosa, pegajosas, que no te sueltan pronto tu mano, te miran con lascivia, y de ribete, se despiden como acariciándote la mano, como si dijeran…así te puedo acariciar todo tu cuerpo.
¡Guácala de pollo!
Y he conocido otras personas, que te saludan, con un extender su mano, abierta, y levemente, rozan tus dedos.
Como si no quisieran tratos con uno.
Y no te miran a los ojos.
De todo habemos en el mundo.
Y cada uno de nuestros actos, pasos, miradas, movimientos, gestos, nos delatan.
Me encanta observar a las personas.
Digo mirar. Observar.
No criticar.
Ni la famosa critica positiva, que para mi no tienen nada de positiva.
Se es o no se es crítica.
Punto.
Para que tantos eufemismos.
Volvemos con doña Lala y don Juan.
Tenían afuera de su casa, unos troncos secos, que servían de asiento, bajo unas enramadas.
Más asientos se improvisaban con cualquier tablita vieja, acomodada sobre unas piedras grandes.
Sobre un banco rustico, ponían una batea grande, donde lavaban la ropa.
La letrina era de hoyo. En el patio, enterraban un tambor destapado, encima ponían un como asiento de madera, para simular la tasa del sanitario, y las paredes y techo de esa letrina eran de palitos o tablitas.
Cada que era necesario, los hijos mas grandes, hacían un hoyo retirado de la casa, y ahí vaciaban el contenido del tambor, le agregaban mucha cal, y sepultaban muy hondo eso.
Lavaban el tambor perfectamente, y a estrenar letrina.
Para bañarse uno, ahí si que torció la puerca el rabo.
Con varas de otate secas, formaron una como armazón, que forraron por unos lados, con hules negros, y por otros lados, con retazos de telas.
Acondicionaron, una como planchita de cemento de unos 2 por 2 metros, para que sirviera de piso y no se fuera a hacer lodo.
Ya tenían llave de agua, pero esta se encontraba cerca del medidor de agua, y no tenían instalaciones para dentro de su solar, así que el baño, era de cubetazo limpio.
Y nada de techo.
Al viento libre.
Si hace frió, te amuelas.
Si hace un sol, que te queme la espalda, te aguantas.
Yo me bañaba apuradita, no fuera a pasar un helicóptero, y se fueran a dar un taco de ojo, en ese tiempo, cuando aun estaba apetecible.
Yo trabajaba en Tampico.
Doña Lala, nunca me quiso aceptar un dinero, por su hospedaje.
La abuelita de ella, doña Jesusa, fue amiga de mi abuelita Luz.
Y el papá de doña Lala, don Cliserio, don Quiche de cariño, se había casado con una hermana de mi abuelita Luz.
¿Éramos o no de la familia?
Pues ellos, me trataron como de la familia.
Con respeto y cariño.
Y tuvieron la mano abierta, para ofrecerme, lo que a su alcance estuvo.
Yo de mi sueldo, llevaba lo que me nacía, un cariñito por aquí, otra cosita por allá.
Sus hijos, dos mujeres y 5 o 6 varones, panzoncitos, piernitas flaquitas, morenitos, de sonrisa fácil, ya de adultos embarnecieron, que hasta parece que los soplaron, con una bomba de inflar llantas.
Su primer hija, se caso a los 15 años, y se fue lejos.
Y su hija más pequeña, la Güera, también vive de la pesca, con su esposo, que también le intelige a la vida en las orillas de la laguna de Pueblo Viejo.


POCHOLO

Me viene a la memoria, para explicar la psicología de los chiquitines, cuando uno de los mas pequeños, Pocholo, consiguió trabajar en un rodante que cada semana, proveniente de Tampico, hacia mercadeo en el pueblo.
Le quedaba el rodante a doña Lala como a dos cuadras.
Pocholo tendría como 8 o 9 años de edad, y brincaba como chapulín de gusto, por haber sido elegido, por unos comerciantes del rodante, para acomodar mercancía, barrer el pedacito que les tocaba, etc.
Se preocupaba por los días de la semana, quería que llegaran los días rápido.
Que llegara el día del rodante.
¡Su primer día!
Madrugo, más que ninguno.
Y eso, que el pescador, para las 4 y media o 5 de la mañana, parte para la laguna.
Se levanto el rodante hasta las 4 o 5 de la tarde.
Venir de tan lejos, para un ratito, pues no.
Había que aprovechar.
Al momento de pagarle a Pocholo con dinero, no acepto.
Bueno, se desesperaba la señora que lo había estado ocupando; has trabajado mucho, hacia rato, que no tenia a alguien tan activo, ni siquiera quisiste ir a tu casa a comer, y eso que te queda bien cerca.
Yo quiero que cada semana me ayudes.
¿Porque no aceptas el dinero?
Y Pocholo, callado.
¿Cuanto quieres?
¿Se te hace poco lo que te doy?
Pocholo movió la cabeza.
No era cuestión de dinero.
A la señora, la paciencia se le acababa.
Creo que hablare con tu mamá.
No quiero que diga que soy abusiva.
Cuando hable con ella, me dijo…hay usted sabrá cuanto le da a mi hijo.
Aun es muy chico, y en ningún lado lo aceptan para chambear.
Así que, lo que usted le de, es ganancia.
Y tú que no me contestas.
Pero yo me tengo que ir, ya es muy tarde, también quiero descansar.
Dime, Pocholo, por el amor de Dios, ¿que quieres?
Y Pocholo extendió su bracito moreno, delgadito, para señalar unas pastas de sopa, y un arroz.
No quería dinero, no quería andar pesudo, andar presumiendo unas monedas.
Quería mandado.
La señora, sorprendida de su petición, no dudo en darle unas bolsas retacadas de comisaria, algunas bolsas de jabón medio abiertas, otros productos de unas marcas que pocos quieren, que porque la tele dice que otros son mejores, pero que para Pocholo, eran oro molido.
Se dio tiempo la señora de ir a la casa de Pocholo a contar lo que había pasado.
A felicitar a doña Lala, por tener a unos hijos tan trabajadores.
Pocholo adopto un andar muy erguido.
Ya era de otro nivel el.
Ya contaba como hombre que arrima a la casa cosas necesarias, y que mas necesario que la comida.
Así son en Pueblo Viejo.
Tranquilos, tranquilos, pero no quitan el dedo del renglón.
Saben lo que quieren, saben a donde se dirigen, por eso no tienen prisa.
En una ocasión, empezó a llover bonito, a cantaros.
Yo recostada, en una cama, después de leer un libro, me eché un sueñito.
No olviden que viví muchos años en Pueblo Viejo; así que también se planchar oreja, cuando se presta la ocasión.
Cuando no hay mas que hacer, por el mal tiempo.
O platicas, o te duermes.
Desperté, y me dio hambre.
Voy a ver que ha hecho doña Lala.
Al dar los primeros pasos, una gota, y mas allá, otra gota.
Ahora si, que ya me desperté del todo.
Entre a la estancia, que servia de salita, comedor y recamarita, y observo varios hules, que tapan cosas aquí y allá.
Y veo en varios lugares, trastos de todos tamaños, que reciben los chorritos de agua, que caen del techo.
Y doña Lala, me llama afectuosamente a comer.
Ven, aholita te silvo.
Ven, Malucha, esta todo bien calientito.
Noto, que están acostumbrados, a que les llueva dentro de su casa.
Observa mi consternación, y me dice, al lato pasa, tu cama no se moja.
Ese, es uno de los sitios, donde no hay gotéelas.
Vente a comel, se te enflíala la comida.
Mmm, doña Lala, tan amable como siempre.
Sabe que, doña Lala, se me olvidaba que tengo que ir a la plaza, por un encarguito.
Ahorita vengo, no me tardo.
Pelo, espelate, come plimelo…
Hago un ademán de tener prisa, y salgo chispada de la casa de doña Lala.
Dirijo mis pasos, a una tienda, que se ubicaba por la plaza.
Pregunto precios de lámina de cartón.
Los venden por paquetes.
Me dice el dependiente, si gusta, en unos días, se los llevamos a su casa.
Usted, no se vaya a lastimar, están pesadas las laminas de cartón.
Nombre, que van a estar pesadas, pienso yo.
Si ha veces lo mas pesado, es no servir para nada, ni para nadie.
Que tu no le hagas falta a nadie, que no importe si vives o mueres; eso si es pesado.
Cargo a la voz de ¡ya!, con el paquete de laminas, y retorno al hogar de doña Lala con el a cuestas.
Ya lo cargo de un lado, ya del otro.
Pues si pesa.
Pero, más pesa ser inútil.
Llego a casa de doña Lala, abro el zaguán, que chaparrito, y hecho de puras maderitas, unidas con alambritos y mecatitos, mas bien es para decir, ¡alto!, es propiedad privada, que para protección alguna.
Cuando me ven llegar con la carga…
Pelo Malucha, ¡no hubielas gastado!, ¿no te digo?
Hay doña Lala, si no tengo más gastos, que mi persona, y yo les debo mucho a ustedes.
Esas láminas, no son nada.
Tómelas. Hay un día que este bueno, con calma, reparan parte de ese techo.
Doña Lala entra a su recamarita, y dice:
¡Viejo! ¡Viejo!, mila lo que tlajo Malucha.
Sale don Juan, se le pinta primero en su rostro la sorpresa, y después la alegría; llama a los hijos mayores, y salen en ese momento, a reparar el techo de su casa.
Pienso, las laminas de cartón que les traje, no les va a saber ni a melón.
Es mucho, lo que se necesita reparar.
Y se mueven como hormiguitas, a veces trepan, luego bajan, otros clavan, quitan un pedazo destrozado de aquí, le agregan un nuevo allá, aprovechan una esquinita rescatable de algo, que parece que se deshace en las manos.
Y lo arreglan.
Adiós goteras.
¡Increíble!
Como hacen rendir lo que sea, como sea, y al costo que sea.
Así tengan que terminar ensopados, como esa tarde.
Pero todos muy contentos.
También yo.
A veces, el pueblovejence, presenta una cara de indolencia, pero es que cuentan, una gran porción de la población, con muy escasos recursos, así es mas difícil emprender cualquier proyecto.
Y las cosas se encarecen más, por el trayecto de Tampico al pueblo.
Y el puente, su caseta de cobro, que no terminan por correrla de lugar.
Ni modo, esperar.



LAS COLMENAS

Volvemos al salón de actos.
Al final del salón de actos, por su parte exterior, siguiendo s su izquierda, estaba una fracción grandecita de tierra, donde se sembraba maíz, fríjol, plantas de ornato, que atraían infinidad de insectos; unos arbolitos de limones y naranjos, matas altísimas de cocos, solo subiéndote a la terraza ubicada sobre el salón de actos, y ocupando además una larga vara, podías cortarlos. Amen, de unas tablitas, que simulando una escalera, se le clavo a cada mata de coco, donde muchachos ágiles, subían como changos por ese fruto.
Y en la mera esquina, que se formaba, con el solar de las señoritas Ostos, y el solar del doctor Cantu, ahí mero, se ubico el proyecto del profesor Fortunato Sánchez Flores.
El proyecto de las colmenas.
Daban miel. Las celdillas, salían cargadas.
Y cera.
Cuando mucho duro dos años ese proyecto.
En que cabeza cabe, que las iban a dejar en paz, los chiquillos.
Si jugaban pelota, unos pelotazos a las casitas de las colmenas, y el alboroto de estas, zzzuuumm, zzzuuumm…. ¡Y el corredero de chamacos!
¡Maestro! ¡Maestro!
¿Que pasa?
¡Las avispas!
¿Cuáles?
Y se hacia el alboroto grande.
Esas no son avispas, son abejas.
¡Andan picando a unos niños!
¡Busquen a Nato!
¡Pronto!
¡Ese Nato!
¡Le dije que tendríamos problemas!
Y se volvía prioridad localizar al maestro Fortunato, por toda la escuela; arriba y abajo.
Aparecía el maestro aludido.
¡Ya! ¡Ya!
Yo lo resuelvo.
Agarraba un escuadrón de chiquillos, de esos que siempre se acomiden a todo.
Unos hacían ruidos, con botes y latas.
Otros prendían mechones de lumbre, y con el humo, tranquilizaban a las abejas.
A mi, eso me parecía mágico.
El maestro Fortunato Sánchez Flores, era bajito, de complexión maciza, sin llegar a gordo; güero, narizón, labios delgados, pálido y colérico. Lo denotaba su enrojecimiento de rostro, su voz que aumentaba de velocidad de los diálogos, su caminar, a grandes zancadas, cuando algo no salía como el quería.
Como cuando le dio por sembrar chayotes y plantas de estropajo, cerca de los colmenares.
Crecieron las plantas de chayotes bonitas, con sus verdes tallos, largos, que se enredaban en otras plantas, como los árboles de naranjas cuchas.
En la primera y única cosecha que hubo de esos chayotes, nos regalo el maestro a mi abuelita y a mi, 2 frutos tiernos del chayote.
Los vi, los olí, tan fresquecitos, parecían forrados de terciopelo verde, como con espinitas.
Un manjar.
Y los demás frutos, de esas plantas, los chamacos que los hacen pedazos un día cualquiera.
Los agarraron en unas guerritas, quedaron pedazos de chayote, por todo ese solarcito, entre las plantas de maíz, de coco, y las flores.
Siento que le fueron apagando su espíritu emprendedor al maestro Fortunato Sánchez Flores, cuando llego al pueblo, se parecía mucho a sus abejas.
Nadamas, le faltaba zumbar de lo activo.
Todo quería arreglar, componer, organizar, y al paso de los años, decía, ya voy a dejar que hagan lo que quieran.
Si, ¡lo que quieran!
Ya me canse de pelear con alumnos y padres de familia.
Y se dedico a tocar guitarra.
Cantaba, en la terraza, que se ubicaba sobre el corredor central de la escuela, en las noches, frescas noches, estrelladas, en que todos convivíamos, platicábamos, y el maestro cantaba.
En una de esas noches, estando sola la maestra Adelfa, sentada en su sillón favorito, vio venir sobre de ella, una bola de fuego, se encomendó a Dios de inmediato, en segundos se acercaba a ella ese fuego, pensaba en sus niños tan pequeños, y grito, en esa noche; Dios la escucho.
Faltando muy poco, para que esa bola de fuego hiciera contacto con su cuerpo, se esfumo.
Unos dicen que las brujas se ven así en las noches.
Pero la maestra Adelfa, estaba muy preparada, y decía, era un meteorito, y al contacto con la atmósfera, se torno incandescente, y fue desvaneciéndose, y lo bueno, es que se consumió antes de tocarme a mi.
¡Aja!, ¿y que mas?
Bueno, seguimos con el maestro Nato, y su guitarra.
Se llevo a cabo un concurso de cantantes en la UAT.
Se inscribió.
Se soñaba ganador.
Se veía ganador.
Grababa y grababa, en una novedad de aquel tiempo, una grabadora larga, negra.
Llevo la cinta, como muestra de su talento artístico.
Lo aceptaron para concursante.
Y perdió.
Le pregunte a una sobrina de el, al otro día del concurso; porque yo fui, lista a felicitar con bombo y platillo el triunfo del profesor, a su casa.
¿Como le fue a tu tío?
¡Sshh! ¡sshh!
Y se ponía en sus labios su dedo índice, alarmada de mi voz que se quedo vibrando en las paredes de su casa.
¡Cállate!, no preguntes.
¡Luego te cuento!
Parecía que había pasado algo grave.
Y si. Había pasado algo grave.
¡Mataron de nuevo sus ilusiones!
Le pregunte a sus sobrina, casi a señas…
¿Que lugar ocupo?
¡Sshh! ¡Sshh!, el último.
¡Oh, esta vida!, que ha veces, entre mas brincas, mas te da de zapes.
El maestro Fortunato vivía de primero cuando llego al pueblo, en el anexo del segundo piso de la escuela.
Con su mamá, Doña Chenchita, su sobrina Minerva, la Mine, que nunca quiso aprender a leer, por mas que tenia dos tíos maestros, su tío Fortunato y el maestro Gregorio Flores, que también trabajaba en la Expropiación Petrolera, pero el vivía en Tampico, con su esposa.
También vivían con el maestro Fortunato, su sobrino Guillermo, el Memo, que le faltaba muy poco para terminar la carrera de magisterio, y una sobrina, Teresa Argüelles Rivera, güera, boca grande, pelo claro y lacio, suelto.
Ellos venían de Chalma, Veracruz.
Teresa cuando llego con la abuelita, y su tío Fortunato, tenía mi edad.
Entro en el salón donde yo estaba.
Pero no había mesabanco para ella.
No alcanzo.
La sobrina de dos maestros de esa escuela, no tenia donde sentarse en el salón.
Había llegado tarde a las inscripciones, y tuvo que esperar algo así, como 2 semanas, hasta que se habilito, unos de los mesabancos que necesitaban reparación.
Y, con lo orgullosa que era.
Como vivía en la misma escuela, esos primeros días, al formarnos fuera del salón para entrar ordenaditos; ella aparecía, con su sillita de otate y mimbre, cargada sobre su espalda. Y la colocaba, junto al escritorio del maestro.
Ser nueva en una escuela, en un grupo, y tener que llegar todos los días con tu sillita en la espalda, a cualquiera humilla.
A Teresa no.
Llegaba con sus mejillas chapeadas de la vergüenza.
Con su mirada nos retaba a ver quien se burlaba de ella.
Y nosotros volteábamos la mirada, como que no veíamos.
Sus padres tenían unas vaquitas, y le mandaban cajitas con quesos, carne asada, y chorizo, con los que Teresa, sacaba dinero para sus gastos.
Nos hicimos grandes amigas.
Me dijo, llámame Ely.
Todos en mi pueblo me decían así.
¿Por qué te llaman así?
No lo se, pero así me gusta que me llamen, ya me acostumbre.
Deseaba saber, cual era mi sobrenombre de cariño, y ninguno, de los muchos que ya tenía le gusto.
Durante días, anduvo inventando nombres, hasta que me salio con la novedad, que el mas indicado era el de Marucha, por Maru, de Maria, y por Lucha, de Luz.
Me agrado su ingenio, y deje que corriera el rumor en el salón, de mi nuevo sobrenombre.
A la que no le gusto ese cambio, fue a mi abuelita.
Pero ni modo, esa suerte he tenido. A todo mundo le agrado para cambiar mi nombre, si hasta mi abuelita, cayó en esa tentación.
Tengo el certificado del kinder, un papel oficial, y las boletas de 1 ero. Y 2 do. Grado de primaria, con el apellido materno Orozco, y es que mi abuelita, deseaba que yo fuera legalmente como su hija.
Pero como en mi acta de nacimiento, contaba yo con otro apellido, y ella, ya era de edad muy avanzada, como para ostentarse como mi madre, me tuve que quedar así, tal y como estaba.
Además, si hubiera cambiado el acta de nacimiento, como deseaba mi abuelita, resultaría legalmente como la hermana de mi papá.
Aunque no llevo el apellido de mi abuelita Luz, me considero como su hija.
Y del ingenio de mi amiga Ely, pues si, el sobrenombre de Marucha, me encanto.
Grandes amigas, hemos sido siempre, Ely y yo.
Platicábamos mucho de nuestros planes futuros, ella soñaba con tener un carro.
Me describía como se sentía al volante.
Y ya de grande, como maestra, se le concedió.
Andábamos juntas para todas partes, y a veces, nos peleábamos.
Como en una ocasión, en que viendo yo, que al prestarle revistas, que contenían, cuestionarios, ella invariablemente los contestaba.
Yo, a pesar de ser mías, las revistas, las contestaba en un cuaderno, que luego arrancaba la hoja, y borrón y cuenta nueva.
Pero Ely, era muy diáfana.
Ella era un año más grande que yo.
En una revista, venían unas preguntas muy picosas, intimas, y pensé, no creo que Ely, las conteste.
Y que cae Ely, solita, solita cayó.
Yo seguía platicando, saliendo a pasear con ella, pero aguardando a que me regresara la revista.
Es como cuando quieres agarrar un pichón, o una torcacita.
Primero vigilas en que sitios frecuentan.
Colocas una caja a una distancia regular, boca abajo, y de un solo lado, levantada, con un palito, que esta amarrado con un hilo, que uno controla desde lejecitos.
Pones migas de pan, arrocito, ajonjolí o masa, como en caminito hacia la cajita, y dentro, pones mucho, pero mucho mas comida; y a grandes ratos, duras días y días entre el follaje.
Cuando lo crees oportuno, tiras rápido del cordón.
Y ya tienes pichón.
¡Y que cae Ely!
Me entrego la revista. Ten, gracias.
Y yo, ¿te gusto?
Si, ¡esta bien buena!, hablan de tal y tal artista.
¡Ah!, que bien.
Quería hojearla ya.
A ver que había contestado.
Pero prudencia, prudencia.
Ely me la hubiera arrebatado en ese momento.
Y al ratito, Ely, ¿Qué crees?
Me tengo que ir ya.
Tengo unos pendientes, luego te busco o me vas a ver.
Quería correr a la casa; pero no, pasito distraído, arrancar una hojita de aquí, saludar a aquella persona.
Ya en casa.
¡Que bruta!
A los 13, 14 años, hablar de tu cuerpo era casi tabú.
Y Ely, había contestado, inocentemente a preguntas como, ¿crees que tus piernas son bonitas?
¿Y tus pechos?
Y así, toda la anatomía.
Reí a carcajadas de las burradas de Ely.
Y al otro día, la saludo y le digo:
Ely, y con sonsonete, ¿crees que tus piernas son bonitas?
¡Hay, si!, son preciosas, ¡jajaja!
Me desternillaba de risa.
Me correteo, llorando por el patio, nos peleamos a patadas, me dio un derechazo, y me prive un momento en el suelo, leve, pero si me noqueo.
Era buena para los trancazos.
Al verme tirada en el suelo, Ely se asusto.
Me dio de palmadas en el rostro, recupere el conocimiento.
Ely me dijo que no me quiso hacer daño, pero que yo me pasaba.
Me dejo de hablar un tiempo.
Yo sentía lo que había hecho.
En una oportunidad, le regale esa revista, y le dije, a nadie del salón se lo he contado, es algo entre tu y yo.
Se la deje en su pupitre, muy apenas me miro, como si yo fuera un insecto.
Pero ya teníamos rato de amigas, después de días hicimos las pases, y como si nada…
Ahí descubrí que la amistad tiene un límite.
Que por mucha confianza, cariño que exista entre dos personas, se debe respetar la privacidad, no ofender, y regar, regar diario, con palabras de aliento, con un … ¿como has estado? ¿Como te sientes?, interesarte genuinamente por las personas que amas y quieres.

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